Cuando hablamos de salud de las mujeres, muchas veces pensamos únicamente en atención médica, revisiones ginecológicas o enfermedades físicas. Sin embargo, la salud también está profundamente relacionada con las condiciones sociales, económicas y emocionales en las que viven las mujeres.
El miedo constante, la violencia sexual, la sobrecarga de cuidados, la ansiedad o la dificultad para acceder a apoyo y recursos también tienen consecuencias directas sobre la salud física y mental.
En el marco del 28 de mayo, Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, desde Fundación Aspacia queremos poner el foco en algunas realidades que continúan invisibilizadas y que afectan al bienestar y la calidad de vida de miles de mujeres.
Muchas mujeres incorporan desde muy jóvenes conductas de autoprotección que se han normalizado socialmente: cambiar de acera, compartir ubicación al volver a casa, evitar determinadas calles, pensar qué ropa ponerse o mantenerse en vigilancia constante en espacios públicos.
Aunque estas situaciones suelen verse como “rutinas cotidianas”, vivir en estado de alerta permanente tiene consecuencias psicológicas y físicas.
La hipervigilancia sostenida puede provocar:
ansiedad,
estrés crónico,
alteraciones del sueño,
agotamiento emocional,
dificultades de concentración,
sensación permanente de inseguridad.
El miedo no debería formar parte de la vida cotidiana de las mujeres, pero continúa condicionando la forma en la que muchas habitan los espacios públicos y privados.
Otra realidad que impacta en la salud emocional de muchas mujeres es tener que justificar continuamente lo que sienten o viven.
Demostrar que una situación fue violencia. Explicar que algo sí les afecta. Sentir que no serán creídas. Escuchar que están “exagerando” o “malinterpretando” una situación.
La invalidación constante genera desgaste emocional y puede provocar sentimientos de culpa, aislamiento, ansiedad y dificultad para pedir ayuda.
En el caso de las mujeres que han vivido violencia sexual, este cuestionamiento social e institucional puede convertirse en una nueva forma de violencia.
Las mujeres continúan asumiendo mayoritariamente las tareas de cuidados y sostenimiento emocional dentro de las familias y los hogares.
Cuidar a otras personas, resolver conflictos, sostener emocionalmente a quienes les rodean y compatibilizar estas tareas con el trabajo remunerado genera una sobrecarga física y mental que muchas veces se normaliza.
El cansancio permanente, la falta de descanso y la sensación de no poder parar afectan directamente a la salud.
Sin embargo, el agotamiento de las mujeres suele invisibilizarse o interpretarse como parte “natural” de sus responsabilidades.
Las violencias sexuales tienen impactos profundos y duraderos en la salud física, psicológica y emocional de quienes las atraviesan.
Algunas de las consecuencias más frecuentes pueden ser:
ansiedad,
dificultades para dormir,
hipervigilancia,
miedo,
aislamiento social,
depresión,
sentimientos de culpa o vergüenza,
dificultades para establecer relaciones de confianza.
Muchas mujeres tardan años en hablar de lo ocurrido o en pedir ayuda debido al miedo, la culpa o la falta de apoyo social e institucional.
Por eso es fundamental garantizar recursos especializados y espacios seguros de atención y acompañamiento.
No todas las mujeres denuncian las violencias que viven. Y detrás de esa decisión existen múltiples factores.
El miedo a no ser creídas, la dependencia económica, la falta de redes de apoyo, el temor a represalias o las barreras institucionales hacen que muchas mujeres atraviesen estas situaciones en silencio.
En el caso de las mujeres migradas, además, pueden existir obstáculos añadidos vinculados al racismo, la situación administrativa o la desconfianza hacia las instituciones.
El silencio, el aislamiento y la falta de apoyo también impactan en la salud emocional y mental.
La salud de las mujeres no puede entenderse únicamente desde una perspectiva biomédica.
Hablar de salud implica también hablar de derechos, de prevención de las violencias, de acceso a recursos, de autonomía, de bienestar emocional y de condiciones de vida dignas.
Desde Fundación Aspacia trabajamos desde un enfoque integral y feminista para acompañar a mujeres y niñas frente a las distintas formas de violencia machista, promoviendo espacios seguros, atención especializada y procesos de recuperación y autonomía.
Porque vivir libres de violencia también es una condición fundamental para la salud.